Viajes

Visita a Popayán en Colombia

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La ciudad de Popayán fue una de las muchas gratas sorpresas que encontré en la maravillosa Colombia.


Para cuando llegué a Popayán eran las 5 de la tarde y me ofrecieron la posibilidad de viajar a San Agustín en la furgoneta de las 6. Pasé del tema cuando me dijeron que la carretera era un sinfín de baches en medio de la jungla y la montaña y la hora de llegada estimada era la 1.30 de la mañana. Ni de coña.

Así que me pillé un taxi y para el centro. El hostal lo miré en la guía que me había regalado mi amigo francés que ya estaría trabajando de vuelta como vigilante de un castillo en Francia o algo por el estilo. ¡Qué gran tipo este Leo!. Por 12.000 pesos compartí habitación con 5 personas cerca del centro. La verdad es que era muy cutre el lugar y la ducha apenas tenía agua caliente media hora al día, pero para una noche sobra.

Dejé las cosas y salí a ver el lugar antes de anocheciera.

Popayán es una ciudad muy joven y viva. Se ve en cuanto sales a la calle y ves que el centro histórico está lleno de negocios de internet, fotocopias, academias universitarias y baretos baratos. Es la ciudad universitaria por excelencia del Suroeste de Colombia.

Todo el centro tiene un aire colonial intenso que no veía desde Cuenca o Quito, en Ecuador. Los edificios son de color blanco con sus balconadas de madera oscura y sus macetas dándole algo de colorido. Se mezclan sedes del poder público con pequeños negocios, bares, hoteles, hostales, estatuas que recuerdan a conquistadores y libertadores y, cómo no, iglesias.

El aire de la tarde era fresco a pesar de estar ya en el Hemisferio Norte y haber entrado en el mes de Mayo. Se respiraba bien.

Me dí una vuelta a mi bola, con las manos en los bolsillos y observando todo, pero sobre todo a las gentes. Me encanta quedarme mirando a la gente de lugares que desconozco, e incluso algunos que conozco.

Para los que gusten de visitas culturales, comentarles que pueden ver el museo del Oro y un gran número de iglesias como la catedral de Nuestra Señora de la Asunción y el convento de San Agustín. El parque Caldas es uno de los símbolos del centro histórico de Popayán, considerado por algunos como el mejor conservado de Colombia y unos de los más bellos de América Latina.

Tras una horita vagabundeando me dirigí al morro -o colina-del Tulcán que me había comentado el taxista que me trajo desde la estación de buses. El tío tenía razón: el atardecer en un día claro desde lo alto del morro, es como los anuncios de la masterjarrrllll (no quiero hacer publicidad gratuita): no tienen precio.

La colina se encuentra pegada al mismo centro y se asciende con un paseito de 10 minutos. Grupos de chavales y chavalas universitarias conversaban, fumaban y se tomaban alguna cervecita salpicando el verde del césped de las faldas del morro. Con mis pantalones multibolsillos y el polo Quechuarrlll (sigo sin hacer propaganda) un chaval que iba con su perro y vendía figuritas hechas con alambre me debió identificar como guiri y se vino a hablar conmigo y, de paso, venderme una escultura alámbrica. Muy majete el tío, le compré un perro de alambre que no ladra y no se caga, así que mejor que los reales.

Después me senté cerca en uno de los laterales, cerca de la cima, y me quedé a ver como el Sol se ocultaba por las montañas del Oeste, tiñendo todo de naranja primero y violeta después. La vista desde allí hizo que me diera cuenta de la particular belleza de la ciudad que estaba contemplando. El centro de Popayán me recordó a esas postales de ciudades italianas en las que se muestran fotos aéreas donde ves tejados marrones o rosados y multitud de cúpulas y edificios bonitos. La armonía del conjunto bajo la luz del atardecer era perfecta. Sin duda, uno de los mejores -el mejor con paisaje urbano- de los que contemplé en los 7 meses de viaje.

Cené algo rápido y pasé el resto de la noche explorando calles y plazas que lucían melancólicas bajo la iluminación anaranjada, en la noche de un Lunes de cualquier semana normal. Pero fue mi único Lunes en esta ciudad, mi único atardecer y mi único paseo en la tranquilidad cómplice de la noche. Al rato me senté en unos de los bancos del Parque Caldas y me puse a escuchar música mientras sólo un par de parejas paseaban ya en la fresca noche.

La experiencia me dejó muy tentado a pasar de tomar la furgoneta al día siguiente hacia San Agustín y pasar un par de días más en el lugar. Pero los escasos días que me quedaban de viaje y la máxima que dice que a los lugares que te han dejado un recuerdo buenísimo, no debes volver (adaptado a la ocasión, claro), me hicieron levantarme a las 7 para tomar el colectivo de las 8.

Qué grande estar sentado delante de la pantalla del ordenador en el curro -sí, estoy escribiendo este artículo en horario laboral, para que digan que los españoles no somos productivos en el extranjero- y poder cerrar los ojos para trasladarme a esa colina en ese atardecer. ¡Grande Popayán!

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